Antía Fernández Buján


Crítica a la polémica de Shin-Chan en TVG


Cualquier adulto o adolescente que haya crecido entre finales de los años 90 y principios de siglo recordará la época de esplendor del Xabarín Club: Dragon Ball, Detective Conan, Sailor Moon y por supuesto The Killer Barbies, Heredeiros da Crus, O caimán do Río Tea... Y un sin fin de nombres más que con solo nombrarlos consiguen que esbocemos una sonrisa. Pasar la tarde frente al televisor esperando a que acabara la telenovela de turno (o el western durante el verano) era el pan de cada día para los miles de niños afiliados “ao clube da Galega”.
No es de extrañar que los padres, preocupados por la educación que les inculca la pequeña pantalla a sus hijos, pusieran el grito en el cielo cuando la mayoría de los niños gallegos sacaron su culo al aire mientras pregonaban con alegría “cuíño, cuíño”. El responsable de esta “censurable” conducta fue un niño de origen nipón, de grandes mofletes y actitud desenfadada, que ponía en entredicho el respeto que los hijos debían de tenerle a sus padres.

Shinnosuke Nohara, Shin-Chan para los familiares y amigos, desató la polémica en los televidentes más conservadores y la risas entre los más jóvenes y liberales. Gracias al anime (principalmente), la TVG consiguió unos espectadores jóvenes y fieles, combinación que apenas conocían, llegando a alcanzar el 20% de cuota de audiencia (Redacción, La voz de Galicia, 2 de mayo de 2005). Es por ello que resulta extraño que, 5 años más tarde del comienzo de la emisión de la serie animada, en 2005, la cadena autonómica (y por lo tanto, el gobierno del PP), tras las numerosas quejas de unos padres que no sabían qué hacer con las travesuras de sus hijos, decidiera poner fin a la emisión del programa, lo que supuso el comienzo de la decadencia del programa contenedor, finalizando en el casposo formato que es ahora .
La pregunta no es si hicieron bien o mal, ni si los padres exageraron o simplemente se preocuparon por la educación de sus hijos. Lo que se pretende abordar en este trabajo es si el simple hecho de ser una animación conlleva que esté dirigida a niños, pero también la hipocresía de un Estado que no controla (o no quiere controlar) la programación en la franja horaria a la que están más expuestos sus infantes.

En Japón, país creador del género, el anime goza de gran popularidad tanto entre niños como adultos. Los productores son conscientes de ello, y por eso hay oferta para todos los consumidores, incluido el sector más pervertido, que encuentra en el hentai su propia forma de desahogarse sexualmente- el país nipón es el lugar dónde más industria erótica hay, pero irónicamente el más sedentario en cuánto a estas cuestiones. A pesar del fetichismo cefalópodo y de la obsesión por los descomunalmente grandes pechos de sus protagonistas, el hentai sigue siendo animación pero, ¿se lo pondrías a tus hijos?
Pero Japón no es el único en dónde los dibujos animados transcienden más allá de la dulce infancia. Nuestra programación está plagada de ellos: desde la famosa familia Simpson hasta la irreverente South Park, que también desató polémica en su día por su lenguaje obseno y la temática de muchos de sus episodios. La utilización de animación en series dirigidas a un público adulto está muy de moda (véase Adult Swing, filial de Cartoon Network, cuya producción más famosa es Rick and Morty) debido a su bajo coste y a la restricción que supone trabajar con imágenes reales según la trama de la serie.

Pero volvamos al país del sol naciente, que a pesar de tener anime para niños (shonens), este contiene valores fácilmente criticables en una sociedad que pretende promover la igualdad. En esta cultura, la mujer tiene el papel más estereotipado de las sociedades que se consideran del primer mundo: los grandes pechos y las voces agudas, que representan la debilidad del género a través de personajes con un carácter muy infantil e histérico, son las principales características que nos atribuyen. Principalmente somos las mujeres las que trabajamos en el hogar (a pesar de ser siempre las estudiosas en su representación de niñas), mientras los hombres realizan largas jornadas de trabajo para luego desestresarse en un club con chicas de compañía, ya que su principal preocupación son estas jovencitas de gran delantera y voz ridícula. Es curioso que estas sean las características que definen a todos los personajes de Shin-Chan, esa denigración de la mujer que tanto se criticaba de la serie de Yoshito Usui, pero que está presente en una gran mayoría de shonens, desde la inocente Doraemon (apenas se ven mujeres trabajadoras y Shizuka representa el estereotipo de niña estudiosa y muy sensible a quién Nobita siempre cree tener el deber de proteger) hasta la sexualización de los personajes de Sailor Moon.

Puede que no nos fijemos, pero este tipo de personalización de la mujer está presente en muchos programas de la actualidad, desde la serie Dos hombres y medio (emitida en la misma franja horaria que Shin-Chan, y cuyo argumento gira entorno a las peripecias sexuales de sus protagonistas, por supuesto masculinos) al siempre polémico Sálvame (o cualquier programa o revista del corazón), para quienes tienen más importancia lo gorda que se ha puesto Terelu Campos que el ascenso profesional de cualquiera de las muchas mujeres famosas que mueven el cotilleo en este país. Supongo que la principal diferencia entre estas emisoras y la TVG es la titularidad privada de las primeras, que les permite no sólo saltarse la ley, sino no rectificar en sus errores, ya que los beneficios que dan este tipo de programas compensan toda sanción económica que se le pueda imponer por no respetar a los espectadores más susceptibles, la infancia.

El problema no era Shin-Chan, sino la cultura machista de la que procede y una sociedad, como la nuestra, que solo ve lo que le interesa, que se mueve por la rentabilidad de sus productos y no por la repercusión que estos tienen en la creación de unos valores dignos para una sociedad civilizada e igualitaria. Esas madres y abuelas (y hablo en femenino porque es el público mayoritario de los programas de cotilleos) que se escandalizaron ante el desvergonzado Shinnosuke son las que ahora dan la merienda a sus hijos mientras dos mujeres escenifican, con pelos y señales, una rivalidad absurda derivada de quién se tiró a quién o cuál es la más “fresca” de las dos. Son esos espectadores pasivos quienes tendrán la responsabilidad de construir un cambio de perspectiva con respeto a la función del género femenino en la sociedad, más allá de las labores del hogar o las peleas de gatas, pero no funcionará si tienen como referente unos principios sexistas, si piensan que su objetivo en la vida es tener el mayor número de mujeres en su “poder”, o que si no cumplen unos estándares de belleza imposibles no se realizarán como personas.

La sociedad, independientemente de si gusto o no por la serie, debe ser consciente del efecto que puede tener en personas que están desarrollando su personalidad, que no es lo mismo que verlo con unos valores ya formados, siendo consciente de que esa visión de la mujer está totalmente distorsionada por una cultura bastante obsesionada con la sexualización de sus mujeres y con su estereotipación, pero que al fin y al cabo no dista tanto de la imagen que se nos inculca en la programación.






BIBLIOGRAFÍA

Redacción, La voz de Galicia, 2 de mayo de 2005, consultado el 25 de septiembre de 2015. Disponible en http://www.lavozdegalicia.es/television/2005/05/02/0003_3691673.htm